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Historias y leyendas del barrio de la Calatrava
ES PRINCEP

Historias y leyendas del barrio de la Calatrava

escrito por ES PRINCEP / agosto 31, 2026

Antes de que la Calatrava fuera el barrio de fachadas doradas y patios silenciosos que hoy rodea a Es Princep, fue tierra de huertos, baños musulmanes, un convento de clausura y talleres de vidrio. Cada época dejó una historia, y algunas de esas historias se convirtieron, con los siglos, en leyenda. Basta caminar sus calles con calma para tropezarse con ellas.

El nombre que llegó con la conquista

El nombre del barrio no es casual, aunque a menudo se olvide caminando entre sus terrazas y galerías de arte. Poco después de la conquista cristiana de 1229, el conde Nunyo Sanç, primo del rey Jaime I, donó estos terrenos, entonces huertos junto al palacio árabe de la Almudaina, a los caballeros de la Orden de Calatrava, una orden militar y religiosa llegada desde la Península. De ahí el nombre que el barrio conserva ocho siglos después, aunque de aquellos caballeros apenas queden ya las piedras que su donación puso en marcha.

El misterio bajo los naranjos

A pocos pasos de Es Princep, escondidos entre naranjos y jardines silenciosos, resisten los Baños Árabes de Palma, en los jardines de Can Fontirroig, uno de los escasos vestigios de arquitectura islámica que sobreviven en la ciudad. Y sin embargo, nadie sabe con certeza cuándo se construyeron ni quién los mandó levantar: los historiadores los sitúan, con cautela, entre los siglos X y XI, y creen que formaban parte del hammam privado del palacio de algún noble musulmán. Sus doce columnas, todas distintas entre sí, delatan que se reutilizaron piedras de edificios romanos anteriores, señal de que el barrio ya se reinventaba sobre sí mismo mucho antes de que existiera la palabra reforma. Un misterio de mil años que sigue, literalmente, en pie.

El púlpito que llegó hasta California

En el corazón del barrio, en la calle del Fonollar, el convento de Santa Clara guarda una historia menos conocida. Fundado en 1256 por monjas clarisas llegadas de Tarragona con el respaldo del propio Jaime I, conserva todavía el púlpito exacto desde el que, en 1744, predicó fray Junípero Serra las cuatro lecciones de la escuela seráfica: la única enseñanza documentada que dio desde un púlpito antes de embarcarse hacia América, donde acabaría fundando las misiones que dieron origen a ciudades como San Diego o San Francisco. Hoy, las clarisas de clausura siguen vendiendo mantecados y mordiscos de almendra hechos a mano a través del torno, ese armazón giratorio que permite comprar sin ver ni ser vistas, tal y como se hacía hace siglos.

La leyenda que guarda el vidrio

En el extremo sur del barrio, junto a los Baños Árabes, se instaló entre 1929 y 1969 la fábrica de cristal Gordiola, hoy trasladada a Algaida. Un azulejo conservado en el lugar recuerda una tradición todavía más antigua: que ese mismo local ya se dedicaba al trabajo del vidrio en 1719, en un edificio que, según la leyenda local, había pertenecido antes a los caballeros templarios. Nadie ha podido confirmar del todo la historia, pero el azulejo sigue ahí, resistiendo el paso del tiempo, y la leyenda con él, transmitida de generación en generación entre quienes conocen bien el barrio.

Un barrio que se cuenta a sí mismo

De todo esto apenas queda rastro en los folletos turísticos. Nombres de caballeros, baños sin dueño conocido, un púlpito que cruzó el Atlántico y un azulejo que guarda un secreto templario: la Calatrava no necesita inventar nada para ser un barrio de leyenda. Quien se aloja en Es Princep duerme, literalmente, rodeado de estas historias. Para quien quiera completar el paseo con datos más prácticos sobre el barrio, ya lo contamos en nuestra guía de la Calatrava.

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