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Bar Bosch: 90 años del rincón que ha visto pasar toda Palma
ES PRINCEP

Bar Bosch: 90 años del rincón que ha visto pasar toda Palma

escrito por ES PRINCEP / septiembre 07, 2026

En febrero de 1936, un antiguo cocinero del Gran Hotel llamado Jaume Bosch Coves abrió un pequeño café en una esquina de la que entonces era, y sigue siendo, una de las plazas con más carácter del centro de Palma: la que preside un obelisco decimonónico sostenido por cuatro tortugas de piedra, y que todo palmesano conoce simplemente como la "plaza de las Tortugas", aunque su nombre oficial sea Plaça de Joan Carles I. Noventa años después, aquel café sigue abierto, sigue llenándose cada mañana de vecinos y viajeros, y sigue siendo, para buena parte de la ciudad, el primer nombre que viene a la cabeza cuando alguien pregunta dónde quedar.

La langosta que nunca fue langosta

Su plato más célebre no es marisco ni carne ni alta cocina, sino pan: un llonguet tostado y restregado con tomate, relleno clásicamente de jamón y queso, que todo el mundo pide con un nombre que desconcierta a cualquier visitante —"una langosta"—, apodo que, según cuenta la tradición local, acuñó uno de los históricos camareros del local por el tono rosado que el tomate dejaba en la miga. Casi un siglo después, sigue siendo la manera más rápida de reconocer a alguien que ya conoce el Bosch.

Tertulias, ajedrez y alguna madrugada clandestina

En la planta de arriba del café se desarrolló, durante la posguerra, buena parte de la vida social de la ciudad: partidas de cartas, tertulias y peñas que, sin redes sociales que las sustituyeran, obligaban a socializar en vivo. Hacia los años cincuenta, el Bosch se convirtió también en punto de encuentro de los aficionados al ajedrez palmesano. Y en los años más duros del franquismo, sus mesas acogieron incluso algún episodio de la oposición democrática: allí se reunió de madrugada, entre otros, el escritor Antoni Serra para redactar una carta de protesta que la prensa de la época nunca llegó a publicar.

Doce horas dentro del Bosch

En abril de 1984, dos jóvenes periodistas, Fernando Merino y Joan Miquel Ferrà, se propusieron un reto poco convencional: pasar doce horas seguidas dentro del bar para retratar, hora a hora, a toda la ciudad que por allí desfilaba —desde el café de los trabajadores al amanecer hasta las cañas de los jóvenes al anochecer—. El reportaje, publicado en El Día de Baleares, ayudó a consolidar al Bosch como el cruce de caminos por excelencia de Ciutat.

Las mesas que han visto de todo

Por esas mismas mesas ha pasado medio siglo de vida cultural mallorquina. El pintor Joan Miró se acercaba cada tarde a tomar un café con leche; también su nieto David era habitual. Han dejado su firma el piloto Niki Lauda, el astronauta Pedro Duque, el futbolista Miquel Àngel Nadal y el propio Miquel Barceló, cuya huella en la Catedral ya contamos en su día. Se dice —sin confirmación definitiva— que hasta Henry Kissinger se sentó alguna vez en su terraza. Y no es casualidad: la cercanía del Teatre Principal, cuyo estreno de temporada también recogemos en el blog, ha traído hasta el Bosch a generaciones de actores y compañías de paso por la ciudad.

De los Bosch a los Flexas

En los años setenta, Jaume Bosch vendió el negocio a Onofre Flexas, cuya familia sigue al frente hoy. El nombre, sin embargo, nunca cambió — y hoy corona también el pequeño hotel boutique instalado justo encima del café.

Han cambiado casi todos los nombres que se han sentado en sus mesas, pero noventa años después la esquina de las Tortugas sigue guardando el mismo sitio para quien solo quiera detenerse a mirar pasar la ciudad.

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