Bodegas Binissalem: escapada del vino desde Palma
En 1931, un joven de Binissalem decidió que el vino de su familia merecía algo más que un tonel. José Luis Ferrer Ramonell fundó la Vinícola de Binissalem, y con ella el vino mallorquín empezó a viajar en botella. Casi un siglo después, sus bodegas siguen abiertas a la entrada del pueblo, y la escapada para conocerlas empieza en pleno centro de Palma, en un andén de la plaça d’Espanya.
Octubre es el mejor momento para hacerla. La vendimia ya está en los depósitos, el calor ha cedido y el paisaje del Raiguer, al pie de la Serra de Tramuntana, se tiñe de ocres. Las bodegas de Binissalem se recorren sin prisa, con la copa en la mano y la tarde por delante.
La primera denominación de origen de las islas
El vino de Mallorca tiene pedigrí antiguo. Plinio el Viejo ya comparaba los vinos baleáricos con los mejores de Italia, y a finales del siglo XIX la isla exportaba buena parte de su cosecha a una Francia arrasada por la filoxera. La plaga llegó a Mallorca en 1891 y dejó los viñedos casi en blanco. La recuperación fue lenta, y Binissalem acabó liderándola.
En 1990 nació la Denominación de Origen Binissalem, la primera de Baleares. Arrancó con tres bodegas y unas 300 hectáreas de viña. Hoy agrupa cinco municipios (Binissalem, Consell, Santa Maria del Camí, Santa Eugènia y Sencelles) y defiende dos uvas que apenas existen fuera de la isla: la tinta Manto Negro y la blanca Moll, también llamada Prensal Blanc. Pedir un Manto Negro en Binissalem es como pedir un Nebbiolo en el Piamonte: se bebe el lugar.
Una bodega de primeras veces
La historia de Bodegas José L. Ferrer es casi un resumen del vino mallorquín moderno. Fue la primera de la isla en criar vino en barrica de roble, la primera en embotellarlo para la venta y la primera en exportarlo, primero a Suiza y después al Reino Unido y Estados Unidos. También firmó el primer rosado de Mallorca. Hoy la llevan la tercera y la cuarta generación, con todas sus viñas propias en cultivo ecológico.
La visita recorre la bodega histórica, con sus depósitos de cemento de los años treinta, y la moderna, y termina en la sala de catas. Hay formatos cortos, de unos cincuenta minutos, y otros más largos que maridan los vinos de la gama Veritas con chocolate. La reserva previa es imprescindible, algo que vale para casi todas las bodegas de la DO.
Can Sabater, donde el vino se hizo literatura
Binissalem no se agota en la cata. Su casco antiguo, de piedra dorada, está declarado conjunto histórico-artístico desde 1983, y muchas de sus casas señoriales se levantaron entre los siglos XVIII y XIX con el dinero del vino.
La más elocuente es Can Sabater, hoy Casa Museu Llorenç Villalonga. Aquí pasó los veranos y buena parte de la Guerra Civil el autor de Bearn o la sala de les nines, la gran novela de la decadencia aristocrática mallorquina. La casa conserva las tinas de vino del siglo XVIII y el espacio donde se pisaba la uva: la literatura y la vendimia, bajo el mismo techo.
Cómo llegar sin coche
El tren de Serveis Ferroviaris de Mallorca sale de la Estació Intermodal, bajo la plaça d’Espanya, y para en Binissalem en unos treinta minutos. Es la forma más elegante de hacer esta escapada: nadie tiene que renunciar a la segunda copa. Desde la estación, el pueblo se recorre a pie.
Un par de consejos prácticos. Conviene reservar la bodega con antelación y comprobar el horario del día, porque algunas, como Ferrer, cierran antes los domingos. Y merece la pena dejar la tarde libre. Lo mejor de Binissalem es el ritmo: la plaza, el campanario, una comida sin reloj.
De vuelta en Palma
El tren devuelve al viajero a la ciudad con tiempo para el último acto. Desde la Calatrava, la luz de octubre cae sobre la bahía y la Catedral, y ALMAQ, el rooftop de Es Princep, abre hasta la puesta de sol. Buen final para un día que empezó entre viñas.
En nuestro blog hay más planes para descubrir Palma y Mallorca este otoño.