Enoturismo urbano: vinotecas y el vino mallorquín sin salir de Palma
A finales del siglo XIX, cuando la filoxera devastó buena parte de los viñedos franceses, Mallorca vivió su particular edad de oro del vino: exportó lo que el continente ya no podía producir. El fogoneu, hoy una variedad casi de nicho, era entonces la uva más plantada de la isla. Ese vaivén —de la abundancia al abandono y, en las últimas tres décadas, a una recuperación silenciosa impulsada por una nueva generación de bodegas— es la razón por la que hoy se puede hacer enoturismo real sin salir de Palma. No hace falta alquilar un coche ni cruzar la Serra de Tramuntana: el vino mallorquín se cata, se compra y se discute en el casco antiguo y en los barrios que lo rodean.
Dos denominaciones en una isla pequeña
Mallorca reúne dos Denominaciones de Origen —Binissalem, reconocida en 1991 y asentada en torno a la uva autóctona manto negro, y Pla i Llevant, fundada en 1999 en el este de la isla y ligada a las variedades callet y fogoneu— además de la Indicación Geográfica Protegida Vi de la Terra de Mallorca, que da más libertad a los productores para mezclar variedades locales e internacionales. El clima mediterráneo, los suelos calcáreos y la proximidad al mar explican matices que van del tinto estructurado de Binissalem a los blancos más salinos del Pla i Llevant. Quien quiera profundizar en las etiquetas concretas y las bodegas que las elaboran puede recuperar nuestro repaso a los mejores vinos de Mallorca; aquí el interés está en dónde beberlos sin salir de la ciudad.
El Call, entre vinilos y vino natural
En el antiguo barrio judío, con doble entrada por las calles Argenteria y Vidrieria, La Viniloteca combina una selección de vinos naturales, ecológicos y biodinámicos —con presencia de pequeños productores mallorquines— con una tienda de vinilos y un tocadiscos que sigue sonando con monedas. Es un formato poco frecuente y muy propio de esta Palma que mezcla lo retro con lo contemporáneo, a un paseo corto de la Plaça Major.
Santa Catalina y el vino de baja intervención
Un poco más lejos del centro histórico, en el barrio de Santa Catalina, Bar La Sang abrió en 2019 como una pequeña tienda de esquina y se ha convertido en referencia internacional del vino natural en la isla: revistas como Monocle y T Magazine, del New York Times, le han dedicado reportajes. La familia Lundgren, que lo dirige, cura una carta que cambia con frecuencia y que convive con tablas para compartir pensadas para acompañar, no competir con la copa.
Sa Llotja y el Born: la bodega de siempre
Cerca del Passeig des Born, en la calle de Sant Feliu, Bodega Ca'n Rigo representa la otra cara del enoturismo urbano: un local con décadas de historia, botellas alineadas hasta el techo y una carta que no distingue entre el vino más popular y el natural mallorquín con más recorrido. Abre de lunes a viernes; conviene confirmar el horario si se visita en fin de semana.
Aprender antes de descorchar
Para quien prefiera empezar por la teoría, La Vinoteca, cerca de la Plaça d'Espanya, lleva tres décadas organizando catas dirigidas con bodegas de toda España —incluidas jornadas dedicadas en exclusiva a productores mallorquines— y ofrece asesoramiento experto para quien busca llevarse una botella concreta a casa.
Para seguir la ruta
Quien, después de todo esto, quiera completar la experiencia saliendo de la ciudad tiene nuestra guía sobre las bodegas de Mallorca que no hay que perderse. Y para maridar cualquiera de estas botellas con algo sólido, el repaso a los mejores restaurantes de tapas de Palma —incluida la propuesta del rooftop de Es Princep— es el complemento natural de esta ruta.
En cualquier caso, la lección es la misma que en el siglo XIX: no hace falta ir muy lejos para entender el vino de esta isla. A veces basta con cruzar dos o tres calles del casco antiguo.