Murallas de Palma: cómo la ciudad las convirtió en paseo
En 1901, el Ajuntament de Palma eligió el proyecto que iba a derribar la muralla de la ciudad. Lo firmaba el ingeniero Bernat Calvet y llevaba como lema un verso de Virgilio, «Felix qui potuit rerum cognoscere causas»: dichoso quien puede conocer las causas de las cosas. La causa, entonces, parecía evidente. Palma se ahogaba dentro de sus propias piedras.
La muralla renacentista había sido la obra más ambiciosa de la historia de la ciudad. Un anillo de unos seis kilómetros, con baluartes en ángulo y un foso de 24 metros de ancho, pensado para resistir la artillería. Su fachada al mar no se completó hasta principios del siglo XIX, justo cuando ese tipo de defensa empezaba a quedarse anticuado. Años antes, en 1885, el ingeniero Eusebi Estada ya había pedido el derribo con argumentos higienistas: la población vivía hacinada y la ciudad necesitaba aire.
A partir de ahí, la muralla cambia de oficio. Y esa historia se puede leer caminando, de un extremo a otro del frente marítimo.
Las Avenidas, el foso que se volvió calle
El primer rastro está donde menos se espera. Las Avenidas, el gran eje de tráfico que rodea el centro, siguen el trazado del antiguo foso. Basta mirar un plano para ver que su zigzag reproduce la geometría de unos baluartes que ya no existen. Palma tiró los muros, pero conservó su dibujo.
Es Baluard, salvado por los vecinos
Del derribo solo se libraron los tramos más próximos al mar, hacia donde la ciudad no podía crecer. Entre ellos, dos baluartes: Sant Pere y Es Princep. El de Sant Pere estuvo a punto de no contarlo. A comienzos de los años sesenta pasó a manos privadas, y en 1963 sus nuevos propietarios intentaron derribar parte de la muralla para construir. La reacción ciudadana lo frenó y el conjunto fue declarado histórico-artístico.
En 1997 el Ajuntament cedió el espacio para levantar un museo. Es Baluard Museu d’Art Contemporani abrió el 30 de enero de 2004, y hoy su mirador es uno de los mejores balcones sobre la Catedral y el paseo marítimo. Este otoño, además, acoge la exposición del artista Luis Camnitzer hasta mediados de enero.
Ses Voltes y la Portella, la muralla como espacio público
En 1983 empezó el proyecto que cambió la relación de Palma con su muralla. Los arquitectos Elías Torres y José Antonio Martínez Lapeña plantearon algo que entonces sonaba radical: no limitarse a restaurar, sino convertir la fortificación en espacio público. Su intervención se prolongó durante tres décadas a lo largo del frente marítimo, desde la avenida Antoni Maura hasta Ses Voltes, y continuó por la Portella, el baluarte de Berard y la plaza de Llorenç Villalonga.
La clave fue coser niveles. La ciudad alta, el foso y el mar quedaron unidos por escaleras, rampas y plataformas, de modo que el antiguo límite militar se volvió un lugar de paso. Ses Voltes, el último tramo de muralla que se construyó, es hoy un espacio cívico y de exposiciones.
El Parc de la Mar, agua donde estaba el mar
Durante siglos, el Mediterráneo rompía al pie de la muralla. Sobre el terreno ganado al agua se inauguró en 1984 el Parc de la Mar, y su gran lago de agua salada no es un capricho de diseño. Recuerda dónde estaba la orilla y devuelve a la Catedral el reflejo que había perdido. En uno de sus extremos, un mural cerámico reproduce una de las últimas obras de Joan Miró. El próximo 21 de noviembre, por primera vez, el parque será también el escenario del encendido de las luces de Navidad.
Es Princep, el baluarte que vuelve a la ciudad
El otro superviviente tuvo una segunda vida menos amable. En 1966 se proyectaron sobre el Baluard del Princep varios bloques de viviendas militares, de siete y ocho plantas, que llegaron a alojar a más de un centenar de familias y escondieron el bastión durante décadas. En 1998, el Ministerio de Defensa y el Ajuntament firmaron el convenio que devolvió los terrenos a la ciudad, y los bloques acabaron demolidos.
La recuperación se quedó a medias cuando quebró la empresa que la ejecutaba. Esta primavera se adjudicaron los trabajos pendientes: la urbanización del foso, una escalera y un puente hacia la Porta des Camp y un edificio para recibir a los visitantes. Es la última pieza de un proyecto que empezó hace más de cuarenta años. Si quieres conocer su historia militar, la contamos en nuestra entrada sobre el Baluard del Princep, y para un paseo corto desde la puerta del hotel, en Palma secreta desde las murallas.
La muralla vista desde arriba
Recorrido en este orden, el frente marítimo de Palma cuenta un siglo de decisiones. Lo que se tiró, lo que se salvó a tiempo y lo que todavía se está recuperando. La ficha de Visit Palma sobre el baluarte ayuda a situarlo dentro del antiguo recinto.
Al caer la tarde, el conjunto se entiende mejor desde lo alto. Desde la azotea de ALMAQ, el lago, los lienzos de piedra y la Catedral se ordenan como en un plano antiguo, con la bahía al fondo.
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